
Después de construir la primera bomba nuclear de la historia, un grupo de científicos de Estados Unidos comenzó el proyecto Poltergeist. El término de origen alemán hacía referencia a fenómenos fantasmales, y ese era exactamente su objetivo: descubrir una partícula elemental desconocida, que era esencial para que el universo sea como es, y que todo el mundo creía imposible de atrapar. Gracias a los secretos reactores de fisión nuclear del proyecto Manhattan, el equipo tuvo éxito. En 1956 escribieron una carta a Wolfgang Pauli, el físico austriaco judío huido de los nazis que había teorizado la existencia de esta partícula quince años antes. “Nos complace informarle de que definitivamente hemos detectado neutrinos”, decía el escueto telegrama.

