En Italia no hay diferencia entre despedirse y saludarse. Su ciao es una palabra multiusos, la llave que abre una conversación casual, y el lazo con el que cerrar una agradable velada. Cuatro letras que se pronuncian rápido y sin miramientos. Una de las cosas que más le llamó la atención a mi marido, al llegar a Madrid desde su Roma natal, fue esta pequeña diferencia. No era tanto que tuviéramos una palabra para decir hola y otra, diferente, para adiós, sino cuánto tiempo tardábamos en pronunciar esta última. Aquí no dices adiós, te das la vuelta y emprendes tu camino. Una despedida tan eficiente es casi de mala educación. La etiqueta de la buena partida exige empezar con un “nos vamos a ir yendo”, o un, “¿pedimos la penúltima?”, para ir allanando el camino. Después, empiezas cada frase con un “bueno” y poco a poco, introduces tímidos adioses que se van repitiendo, cada vez con más vehemencia, hasta que alguien se harta (normalmente el camarero) y se disuelve definitivamente la reunión.
