
A las 6 de la tarde el fuego rodeaba Castrotierra. Después de cinco días luchando contra uno de los incendios más grandes de la historia reciente de España, los vecinos de este pequeño pueblo, a 11 kilómetros de la Bañeza y 66 de León, estaban resignados a que las llamas llegaran a sus casas. Lo había hecho en Villamontán, Carracedo de vidriarles, Palacios de Jamuz o Robledimo y todo indicaba que era cuestión de horas que también aquí terminara con todo. Hasta ese momento, bomberos, guardas forestales, hidroaviones y helicópteros peleaban hasta la extenuación contra las llamas. Unos vecinos tiraban de las mangueras, otros orientaron los aspersores que riegan el trigo y la patata hacia el fuego, otros llevaban bocadillos y otros como Miguel iba de lado a lado con su tractor improvisando cortafuegos. Periódicamente, de entre las llamas volvían brigadistas extasiados que caminaban arrastrando los pies después de tratar de apagar el incendio con todo lo que tenían a mano: palas, picos, motosierras, batefuegos.

