La irrupción de ChatGPT, hace algo más de dos años, fue la última prueba de que la inteligencia artificial (IA) no era una quimera. Después se sumarían a la carrera Microsoft, con Copilot; Google, con Gemini, y tantas y tantas otras. El mes pasado, una pequeña y hasta entonces desconocida firma china, DeepSeek, rompía moldes con una herramienta gratuita y de código abierto que demostraba que no hacen falta inversiones multimillonarias para entrar de lleno en la carrera de la IA. Hoy, solo hoy, la Unión Europea da el paso con su primera estrategia sectorial: 200.000 millones de euros y el anhelo de convertirse en “el continente de la IA”.
