La minúscula aldea de Abejera, en la provincia de Zamora, está rodeada de campos de color negro. A las 20.00 de este miércoles, las calles son las de un pueblo fantasma. Pero no por la despoblación que azota esta zona de Castilla y León, sino porque sus vecinos tuvieron que salir con lo puesto cuando el incendio llegó hasta la primera línea de las casas, en la tarde del martes. Hay ventanas que quedaron abiertas, botellas vacías de agua por la calle y huele a quemado por todas partes. A lo lejos, entre los molinos de viento, siguen las columnas de humo de los focos que aún quedan activos. Algunos desalojados circulan por las calles, después de haber vuelto al pueblo por caminos no controlados por la Guardia Civil, para alimentar a sus animales. Hay cuatro o cinco inmuebles con los muros caídos al suelo y las llamas aún candentes de paredes para dentro. Entre la quietud aparece, de pronto, desde el interior de una de esas casas, José Antonio Andrés. Tiene las manos negras negras, como el campo que le rodea y le vio nacer.
