Últimamente a mi pantalla no han dejado de llegar mujeres estadounidenses con ondas bien teñidas de rubio oscuro que preparan bocadillos de mozzarella y rúcula desde cero -quiero decir: amasando el pan y elaborando la mozzarella con leche no pasteurizada. Si te quedas un rato, se ponen vestidos neovictorianos y, con el marido y los niños, se van juntos a la capilla mormona. Pasas la pantalla y aparecen jóvenes que han abandonado esa comunidad y cuentan la perversión que vivieron: la represión, la ropa interior especial, la exigente formación misionera, los roles de género conservadores. Otros, desde dentro, hablan sobre cómo bordear los límites de lo permitido en el sexo y el consumo de alcohol. Todo es ajeno. pero no puedo dejar de mirar. Sabemos que tenemos que desconfiar del algoritmo porque beneficia siempre a lo más retrógrado y globalizado, pero basándonos en el mío, la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días vive un gran momento. Mientras no dejan de salir estadísticas sobre el desinterés de los jóvenes por la fe, existen influencers millonarias, realities exitosísimos e incluso un musical satírico que demuestran una curiosidad nueva por una comunidad con costumbres que suenan muy antiguas.
